El pedalista boyacense de 23 años, que correrá en el UAE Team Emirates, se llama así por la fascinación de su padre con un español que llegó a América para hacer historia.

Cuando Blanca quedó embarazada de su primer hijo, su esposo, Gabriel, ya sabía cómo iba a llamarlo. De hecho, lo tenía claro desde mucho atrás, cuando un profesor de la escuela de Sotaquirá lo puso a estudiar la vida de Sebastián de Belalcázar, un conquistador español arriesgado, temerario, desafiante y valiente en una época en la que todos se creían osados, pero pocos tenían hechos para demostrarlo. “Me gustó que no le tenía miedo a nada, ni siquiera a la muerte”, recuerda Gabriel Molano. Por eso el nombre Sebastián nunca estuvo en discusión, mucho menos a los cuatro meses, cuando supo que sería un varón. Y aunque su propia elocuencia estuvo a punto de convencer a su mujer del todo, Blanca puso una condición: tiene que ser compuesto. De ahí el Juan Sebastián Molano Benavides, por su padre y la historia cautivadora de una familia que labró su propia tierra, así como su destino, hasta darse a conocer en España y también en América.

Pero lo del nombre no era lo único que estaba predestinado, pues Gabriel quería que su hijo fuera ciclista, y uno bueno, no como él, que había tenido que conformarse con correr en la categoría senior master por falta de oportunidades, por tener que trabajar desde muy joven ordeñando vacas y en construcción, incluso como operario de un tractor en una finca en el páramo de Carrizal, donde el frío obliga al uso de ruana y el sol a llevar siempre una gorra. “Le acariciaba la barriga a mi mujer y ese peladito empezaba a patear como si se fuera a salir”.

La afirmación de Gabriel empezó a tener más sustento con los años, con la gran paradoja de su hijo en la adolescencia: ser siempre uno de los primeros en el ciclismo y uno de los últimos en el salón de clase. En otras palabras, era bueno para montar y malo para estudiar, y por eso sus papás tuvieron que implementar castigos para intentar aleccionarlo desde muy pequeño, porque las llamadas de la coordinación eran más continuas, no solo por las pilatunas sino por las tareas, porque llevaba los cuadernos en blanco y sin pudor aceptaba que no había hecho nada en casa. “Me mamé y le escondí la bicicleta en el ático del apartamento. Y le dije que si no podía hacer las dos cosas a la vez entonces que se olvidara del ciclismo”.

Ese día, en un acto de rebeldía y luego de llorar mucho por horas, Sebastián empacó tres mudas de ropa y le lanzó a Blanca una frase escueta y amenazante: “Me voy de la casa”. El impulso y la altanería le duraron tres cuadras, pues a los 20 minutos volvió con los ojos aguados pidiéndole a su mamá que lo dejara montar, invocando perdón y con la intención de hacer un compromiso con tal de que no le quitaran su bicicleta. “No sé qué trato hicieron, pero mi mujer se la bajó. Eso sí, prometió de todo, pero a la media hora ya se le olvidaba y seguía en las mismas”.

Gabriel entendió que el mejor remedio era ser paciente y conciliador, y lo fue llevando en ambas cosas, como estudiante poco destacado, pero como ciclista consagrado en las categorías menores de su municipio, incluso hasta del departamento. Y por eso fue más benevolente, mas no alcahueta, se involucró más en los sueños de su hijo y trabajó más duro para comprarle una buena bicicleta de ruta, una de marco GW y ruedas Shimano que logró negociar con Alfonso Contreras, un viejo amigo que confió de nuevo en su palabra y en su disciplina para pagar a cuotas. “Le dimos de totazo $1’200.000 y acordamos una serie de plazos. Era la única manera de comprar algo, pues los gastos en la casa eran iguales a mis ingresos y no me quedaba dinero para nada”.

Con esa bicicleta les ganó a Miguel Ángel López, Diego Ochoa y Diego Mancipe en una competencia prejuvenil en Tunja. También en la Clásica Salesiana de Duitama, cuando embalando los dejó atrás sin problemas, con tiempo suficiente de celebrar de manera atrevida. “Ese día Rafael Acevedo vino a reclamarle porque dizque mi hijo había cerrado a sus corredores en el final para quedarse con la victoria. Yo mismo le enseñé a Sebastián que debía ser honesto en la competencia para que lo fueran con él y por eso me tocó defenderlo”. Sebastián ya no fue tan bueno en la montaña, como en un principio, pues se dio cuenta de que por su contextura se le facilitaba alcanzar velocidades que otros niños no podían.

Y con la certeza de sí mismo y de sus condiciones se fue a entrenar al velódromo de Duitama con Florencio Pérez, un cubano exigente, rabietas por momentos, que llegó en 2008 para elaborar un programa de pisteros en ese municipio. “A mí no me gustó mucho la idea porque los totazos que se pegan en el velódromo son muy duros y los nervios no me daban para tanto”. Sebastián aprendió a acelerar en los peraltes, a frenar sin frenos, a dominar la bicicleta de pista con la experticia con la que manejaba la de ruta. Y se ganó el apodo de “Patafino” por sus piernas delgadas pero potentes. Así lo conocieron no solo en Boyacá sino en toda Colombia, a tal punto que José Julián Velázquez lo llamó para hacer parte de la selección nacional, junto a otro joven que también mostraba cualidades de velocista.

“Le ganaba a Fernando Gaviria y por mucho. Hay registros de eso. Solo que nunca pudo obtener un contrato y le tocó buscar equipo”. Corrió por las Fuerzas Armadas, por el Coldeportes Claro, gracias a Carlos Mario Jaramillo, y hasta estuvo en el extinto Team Colombia. Sin embargo, fue Luis Fernando Saldarriaga el que potenció su talento. “Le dije que si venía a trabajar con nosotros iba a ganar carreras y a pulirse para correr en Europa. Y lo logró, pues ya tiene la madurez para competir con los mejores del mundo”, apunta el entrenador del Manzana Postobón.

Hoy, cuando parece que en el Tour de Taihu Lake, en China, no hay nadie más veloz que él, Molano ratifica el porqué del interés del UAE Team Emirates, su equipo para la temporada 2019, que vio en el boyacense la voluntad y la fortaleza de todo un campeón.

Sacada: www.elespectador.com

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